CAPITULO 4. EL HOMO ES LA AUTÉNTICA PESTE DE LA TIERRA


Ane y yo sabemos muy bien que Carla lo pasó fatal con la ruptura de Pantxo. Y estamos tan seguras porque, cuando algo supera a Carla, ni lo menta. Es su fórmula para controlar todo aquello con lo que no puede; hacer como que no existe hasta que deje de existir.


  • Fecha: 04/05/2017 19:12

Descripción

CAPITULO 4.

EL HOMO ES LA AUTÉNTICA PESTE DE LA TIERRA


Me fui a tomar un café porque, tras cuatro copazos, la sinopsis neuronal me daba tumbos. Como decía, la palabra «macho» produce efectos irrefrenables, y bien distintos, en Ane y Carla. La primera parpadea cual mariposa ya que los homos le gustan porque son divertidísimos, y la segunda aprieta los dientes y frunce el ceño ya que no son otra cosa que unos asquerosos y unos guarros. Para ser del todo sincera, Carla siempre dice que, si no fueran tan como son, le harían hasta gracia. A lo que Ane, que no se sabe callar ni debajo del agua, dice:

—O sea, Carla, que son más asquerosos que divertidos. ¿No?

—Síiiiii, Ane.

—¿Y los mariquitas? —continúa Ane, que llama a los homosexuales «mariquitas» porque son supermegachistosos.

—Esos no cuentan, Ane. Me refiero a los cerdos asquerosos.

—¿Y los metrosexuales que van siempre como pincelillos? Tan afeitaditos, tan bien vestiditos y así —le sigue dando la barrila; porque Ane también tiene su venita sádica, microscópica como un capilar, pero venita al fin y al cabo.

—Esos son los peores.

—¿Ah, sí? —se extraña Ane.

—Porque son unos asquerosos con pintas que quieren dártela con queso. Como todos. Solo que el queso parece más apetitoso aunque es igual de venenoso. Y ya vale, Ane.

Para Carla, el estado más decente de los homos cavernícolas es el de total embriaguez. Yo en esto no comulgo con su filosofía, por supuesto. Esto lo digo por seguir el hilo que venía explicando, aunque nada tiene que ver con lo que tendría que estar tecleando según mi Terapeuta.

Carla, aunque siempre insista en que los homos son unos asquerosos y unos cerdos y unos crápulas con las neuronas en el paquete, cree, en el fondo, que en eso de los instintos primigenios de los machos hay parte de verdad. Parte de la puta verdad, como dice ella cuando se desfoga en un arrebato de sinceridad.

—El capullo de Pantxo ha dejado de vestirse por los pies, para mí. Qué decepción —fue su forma de comunicarnos, un domingo de bajón, que todo había acabado entre Pantxo y ella.

Todas lo lamentamos mucho, quizá ella la que menos, a pesar de lo enamorada que estaba. Pero es que Carla es muy cabezona, si fuera un muñeco sería una Cabezuda. El caso es que el que pillara a Pantxo con los pantalones en las rodillas en un bar de fumatas fue la confirmación de que siempre había tenido razón sobre los homos: «Son unos cerdos asquerosos y no hay excepciones» —sentenció confirmando su teoría de siempre antes de quedar en silencio un buen rato.

A mí esta confirmación suya me llegó al alma. Volver al convencimiento de que el hombre era la auténtica peste de la tierra no me apetecía nada. Pero Carla era la adoctrinadora del grupo y, si ya no había esperanza en los hombres, pues habría que resignarse.

—Putos cabrones —pluralizó, una y otra vez, toda aquella tarde de domingo.

—Alguno bueno habrá —le sugería algo de ánimo Ane cuando el silencio entre nosotras se prolongaba demasiado.

—Qué va, Ane. Y lo que es peor aún, las tías somos unas gilipollas. Más que ellos.

—¿Pero no decías que eran unos putos cabrones?

—Y unos gilipollas, aunque lo suficientemente listos para dárnosla con queso.

No diré aquí, en confesión soberana por prescripción terapéutica, que no éramos la viva estampa del patetismo aquella tarde. Nos podrían haber puesto «Las Peripatéticas». Pero, como dice Ane, que en los malos momentos es simple como nadie… Mejor repetiré las palabras que sentenciaron aquella penosa tarde:

—Nos ha tocado la china con esto de los cavernícolas.

—Putos cabrones —reiteró Carla.

—¿Otra birra? —pregunté yo.

—Claro —respondieron ellas.

Ane y yo sabemos muy bien que Carla lo pasó fatal con la ruptura de Pantxo. Y estamos tan seguras porque, cuando algo supera a Carla, ni lo menta. Es su fórmula para controlar todo aquello con lo que no puede; hacer como que no existe hasta que deje de existir. Os confesaré que Carla tardó casi dos años en volver a mentar a Pantxo.

La verdad, la mañana que mentó a Pantxo tras tantísimo tiempo, nos llevamos un alegrón de aúpa; me refiero a Ane y a mí, por supuesto. Creo que esa tarde se nos puso en marcha el segundo pulmón, el que se nos paró a las dos, al verla siempre tan fatal de los fatales. El aire se respiraba la mar de mejor y, sea dicho de paso, nos vino fenomenal subiendo a patita a Mendizorrotz. La escalada nos dejó para el arrastre toda la semana, aunque a todas nos mereció la pena. A Carla, porque comprobó que todos los baches del camino se superan; y a Ane y a mí, por lo del segundo pulmón.


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