CAPÍTULO 8. JAIO, MI HERMANITA


Ander es su chico nuevo. Está enamoradísima a más no poder de Ander: como le pasa siempre con los tíos.


  • Fecha: 21/06/2017 20:16

Descripción

8. JAIO, MI HERMANITA


       Antes de seguir con la etapa 6, que dejé a medias por mi falta de centre, tengo que hablaros de mi hermana pequeña, Jaione.

       Jaio tiene diecisiete años, cinco años menos que yo, y llegó a este mundo con una suerte morrocotuda en el amor. Su desgracia es que nunca acierta con los tíos. A veces pienso que eso es lo peor que le puede pasar a una en la vida: ser afortunadísima en el amor y desafortunadísima con los tíos. La vida es así de maligna, qué le vamos a hacer. Jaio, la verdad, ni se queja, aunque se pasa la vida o riendo o llorando. Ayer fue para ella uno de tantos días de altibajos.

       Ayer, cuando estaba por alguna de las etapas del «sí, pero no», Jaio entró arregladísima de por lo menos dos horas de espejo. No lo mencioné por el momento de concentración que me embargaba.

       Ya sabéis cómo ando con lo de los deberes de la Terape: intentando salir de ese estado en el que me encuentro por el que no sé ni por dónde me ando. Precisamente por ese estado de perdición total llevo días que no me entero ni de las novedades que ocurren por casa.

       —Neka, ¿cómo estoy? —preguntó Jaio desde el marco de la puerta, agarrando las puntas de la faldita con las uñitas de los dedines.

       —Estás que quitas el hipo. Guapísima de la muerte —lo mejor de Jaio es el culín que tiene. Un culín que para sí lo quisieran muchas.

       —¿No me habré pasado un pelín empolvándome la nariz?

       —Ni de coña, Jaio. Hoy dejas a Ander extasiado.

       Sonrió como mil soles en estado supernova. Se veía que algo importante estaba a puntito de cambiar su vida. Esas cosas, a las chicas, se nos ven hasta con los ojos cerrados.

       Ander es su chico nuevo. Está enamoradísima a más no poder de Ander: como le pasa siempre con los tíos. Ander, que lo vi una vez, es algo patizambo.

       —Es que es jugador de fútbol de la Real Sociedad Txiki —se disculpó Jaio, como si fuera culpa de ella que jugara al futbol como todos los tíos.

        Lo conoció en el Bataplán un jueves por la noche de hace tres o cuatro semanas.

       —He tenido un flechazo —me despertó a las cuatro de la mañana.

       —¿Otra vez, Jaio?

       —Este ha sido diferente, Neka. Estoy segura de que es el definitivo.

       —Jaio, para ti todos son los definitivos. No sé ni cuántos definitivos llevas ya. Con la carrera que te andas, terminarás con más flechas clavadas que el San Sebastián de Santa María (me refiero al santo patrón de Donosti, que murió atado a un árbol por no sé cuántas flechas clavadas por todo el cuerpo).

       —Anda, déjame sitio, que te cuento. Estoy tan contentísima que me cuesta hasta respirar, Neka. Por fa —me echó a un lado y se escurrió bajo las sábanas junto a mí.

       Como vi que no le entraba una cerilla por el culín, y sabiendo como sé que cuando se está así de entusiasmada no se puede hacer otra cosa que mirar las grietas del techo de encima de la cama, me retiré a un lado a regañadientes.

       —Tengo que dormir, Jaio. Así que dame la versión reducida y a dormir.

       —Solo cinco minutos y me voy. Es que ha sido tan mágico todo.

       —Vaaaleee…, cinco minutos y me dejas dormir.

       Reconoceré que me encanta escuchar los flechazos que Cupido tiene reservados para mi hermana. Son tan chulos que parecen cuentos que tendrán un final feliz. Además, Jaio los cuenta con tantísima ilusión que solo por escuchar su acaramelada voz merece la pena.

       —Se llama Ander, ¿sabes?, y está como un queso. Aunque a mí eso no me importa. Me habría gustado lo mismo aunque hubiera sido jorobado.

       La verdad es que a Jaio la apariencia de los tíos no es lo que más le importa. Aunque en ella eso no tiene ningún mérito porque todos los que le hacen tilín le parece que están como quesos. Ya advertí que tenía muchísima potra con el Amor.

       —El caso es que acabábamos de entrar en el Buscaplán (apelativo chistoso de la discoteca Bataplán), porque a Arantxi la dejó la semana pasada el novio de toda la vida y andaba buscándolo como poseída, y teníamos que entrar porque ya no quedaban más sitios donde encontrarlo, cuando se me ha enredado un mechón de pelo en un botón de la camisa de Ander. Huele fantásticamente bien, Neka. Como los de los desodorantes de la tele —respiró profundamente porque Jaio tiene la portentosa facultad de oler imágenes.

       «Seguro que sí», pensé para mis adentros. Discoteca cañera, jueves universitario, a las tantas, potrollones de gente brincando… Tenía que oler que pa qué.

       —Él, al principio, ni se enteró de que existía, la verdad. Pero yo ya no podía quitarle los ojos de encima. Que iba a la barra, allá le seguían mis ojos. Que reía con alguno de los amigos, risillas que salían de mi boca. Que decidía entrar en la pista y menear el esqueleto, sin poderlo evitar comenzaba a bailar a su compás en la distancia. Era como si unos hilos invisibles nos unieran, Neka; como si fuera imposible que no hiciera lo que él.

       Suspiró mientras sus ojos hacían chiribitas.

       La verdad es que, si no la quisiera tanto, en lugar de disfrutar con sus primorosos cuentos de fin de semana, la querría estrangular de envidia. ¡Ayyy!, qué suertudas son algunas.

       Pero mis alarmas y sirenas se pusieron en marcha porque enseguida me di cuenta de lo que hablaba Jaio. Yo no lo había sentido verdaderamente, o al menos hasta ese nivel que mi hermana describía. Era el peligrosísimo magnetismo animal de los homos.

       El magnetismo animal de los homos es el mayor fenómeno que la Naturaleza ha logrado en sus millones y millones de años de existencia. Pensaréis que exagero mucho, y más si te paras a pensar la cantidad alucinante de cosas que ha ido haciendo la Madre Naturaleza en el transcurso de tantísimos millones de años. Pues os equivocáis. Afirmo categóricamente que no hay nada, ni que se le acerque en excepcionalidad al magnetismo animal de los homos.

       Este magnetismo es eso que portan los hombres, pegadito a los primigenios instintos copuladores, que logra despertar los instintos primigenios de apareamiento que las mujeres aún tenemos en lo más profundo de nosotras. El caso más palpable y asombroso que conozco es el de Carla.

       He de reconocer que ese «magnetismo animal» es la más grande proeza de la evolución: superior a la vida misma, incluso. Por si os preguntáis de dónde me saco esta aparente chorrada, os lo explicaré. El magnetismo animal de los homos ha logrado mantener la vida a lo largo de los tiempos; incluso por encima de glaciaciones, meteoritos gigantes y todas las putadas que se os ocurran. El magnetismo animal de los homos sobrevive a todo. Es la quintaesencia, la requeteostia en vinagre; mil veces más potente que el ébola o el vih o cualquier virus que pueda llegar a existir.

       Aunque en ocasionas nos joda a las mujeres, puesto que todas sabemos que el autocontrol es algo esencial para nosotras, y que se te vaya la cabeza por un tío es lo que más nos puede llegar a trastocar, esta quintaesencia, en el fondo, es buena. ¿Por qué una putada así puede ser buena? Sencillo: porque garantiza la supervivencia de la especie. Y por eso, como las mujeres sabemos que nada se puede hacer para resistirse al magnetismo de los cojones…, pues nos entregamos a él encantadas… y ya está: a disfrutar; que la vida son dos días y este tío, además, está cañonísimo.

       En definitiva, es lo que ocurrió con Carla y Pantxo y los cincuenta polvos o más.

       ¿Por qué lo haríamos sino, sabiendo las consecuencias tan bestiales que tiene engancharse a un homo…? Hijos, pañales, teta, biberones, no dormir, fregar, comidas, cenas… y si sigo no acabo ni para el fin del mundo. Entonces, como decía, ¿por qué nos entregamos? Porque sabemos muy bien que contra el magnetismo animal de los homos no podemos ni nosotras.

       «Como Carla no pudo con Pantxo», me dije escuchando a Jaio: si la Aquilesa no pudo con su homo, pues mi hermana mucho menos. Es que mi hermana no está plagada de conceptualizaciones o slogans feministas como Carla. Así que no dije nada. ¿Para qué la voy a advertir del peligro que se cierne sobre ella? En definitiva, Jaio hablaba de la proeza más grande que la Naturaleza ha logrado desde que el mundo es mundo, de eso que ni las mujeres somos capaces de superar.

       En los ojillos de Jaio brillaba ya el fuego imperecedero del magnetismo animal del homo. Las cartas estaban echadas.

       —El caso es que, a las tres de la mañana, Arantxi se gripó como no te puedes ni imaginar, Neka. Sabes que es como una mosquita muerta, que sale con nosotras porque la arrastramos fuera de casa cuando su ex se va por ahí con los amigos... Vamos, es que no bebe ni en Nochevieja. Yo creía, hasta hace un rato, que era abstémica, Neka.

       «Abstemia», pensé en corregirla, pero el cuento comenzaba a ponerse tan interesante que la dejé continuar.

       —Pero de pronto apareció el ex colgado del brazo de una rubia de bote. Arantxi estaba jodidísima, pero su ex parecía que venía de pasar unas vacaciones en Honolulú. Hasta parecía más…

       —¿Guapo? —completé la frase porque estaba chupada.

       Los tíos, sobre todo los que cortan con la novia de toda la vida, en veinticuatro horas son otros. Eso es jodidísimo de aceptar para nosotras, tan rebeldes, tan díscolas y tan reacias a los cambios. Y sobre todo a los del homo. Por eso el refrán de «un clavo saca a otro clavo» es sobre todo para ellos.

       —Eso, guapo. Estaba hasta guapo. ¿Te imaginas, Neka?

       Un clavo saca a otro clavo, vuelto a demostrar.

       —Y ¿cómo se lo tomó Arantxi?

       —Le dio la locura, Neka. Se fue a la barra y se bebió tres vodkas a palo seco de una tacada. Mamen y yo no la habíamos visto nunca en la vida así. Te lo juro por lo que quieras, Neka. Intentamos llevárnosla de allí, pero era como la niña de El exorcista. No veas la fuerza que tienen las locas. Te lo juro. El caso es que con el cuarto cubata se subió a una de esas tarimas para enseñar bragas y comenzó a gritar «¡Putos tíos! ¡Putísimooooos tíoooooooos!». No sabíamos qué hacer. Todos comenzaron a mirarla. Es que acojonaba mucho, Neka. Daba más miedo que las películas. Entonces me subí a la tarima a intentar bajarla y, en la pelotera, me tiró para atrás.

       —¡¿Estás bien, Jaio?! —me asusté porque sabía muy bien que una chica despechada es como Hulk.

       —Sí, Neka. No me pasó nada: me recogió en el aire Ander.

       ¡Vaya por Dios! Me dije. No hay magnetismo más potente que el del príncipe que salva a la princesa del dragón (o dragonesa, en este caso).

       —¿Sabes qué me dijo después de salvarme de que me estampara?

       —Cualquier cosa.

       —Qué sería una verdadera lástima que una mujercita tan bonita y valerosa se rompiera como el cristal. ¿Te lo puedes creer, Neka?

       ¡Vaya por Dios! Encima tiene labia. Está lista la pobre, me dije.

       Pero el caso es que en los altibajos, como es la vida de Jaio, tras el «alti» llega el «bajo», que es a lo que iba.

       Como os relataba, antes de creer que era necesario poneros en antecedentes, Jaio estaba lindísima cuando se fue ayer noche por la puerta como si el paraíso la esperara al otro lado.

       —Sé de muy buena tinta que Ander quiere formalizar nuestro noviazgo esta misma noche —me dijo con las chiribitas incontables de siempre rellenando sus ojos.

       —¿Segura, Jaio? —me preocupé por verla tan emocionada y saber cómo funcionan los tíos con diecisiete años.

       —Segurísima, Neka. El sábado vieron a Ander en la joyería de la plaza Okendo, y una amiga de un amigo que juega con él dice que era por mí. Estoy tan, pero que tan emocionada, Neka. Porque tú sabes que yo le quiero de verdad, con todo mi corazón, y que no me gusta ser su amiga con derechos. Yo lo que quiero es ser su novia, que para eso me dejo.

       Mi hermana, como tiene 17 añitos, siempre se refiere al sexo como dejarse. Son cosas que a su edad todas hemos hecho, sin ir más lejos yo.

       Pues a las tres y media de la mañana, me despertó hecha un mar de lágrimas.

       —Mira lo que me ha regalado —me arrojó una cadenita de plata a la cara tras encender la luz.

        Era una cadenita con el escudo de la Real Sociedad. Vamos, un regalo de tíos total.

        —Dice que su amiga con derechos tiene que ser de la Real. ¡Y yo odio el fútbol, Neka! —Lanzó el quejido más desolador del mundo, arrojándose a mi pecho con un torrente saliendo por sus ojos.

         A mí, tratándose de chiquillos como son, no me pareció un mal detalle, la verdad.

         —Pero, Jaio, si es un hombre...

        —¿Y qué? —se desesperó ella.

       —Pues que se acuerde de ti para sus cosas ya es un triunfo, mujer.

       —Pero no es ni de oro. Y además yo lo que quería era un anillo de novia. ¡Le odio!

       —Pero si es una chulada de cadena, Neka.

       —Le odio. Y además, ahora que tengo la dichosa cadena, dice que estoy obligada a ir a verle. Que la Real es lo más sagrado que hay para él.

       —Esos son los pequeños sacrificios que las chicas tenemos que hacer por los chicos que queremos.

       —Pero es que yo odio el fútbol, Neka.

       —Pero, Jaio, tú lo que tienes que hacer es ir a verle a él. Al fútbol que le den.

       —Pero si encima es suplente y no juega nunca. Ojalá le rompieran una pierna y se acabara eso del fútbol, Neka —me dijo mirándome a los ojos fijamente.

       Os confesaré que lo decía muy en serio, completamente en serio. Y eso no me lo hubiera esperado nunca de mi Jaio.

       —Pero si tú le quieres… No digas eso.

       —Noooo…, le odio. Y encima me ha dicho, después del disgusto de la cadenita, que teníamos que ir a su casa a celebrarlo.

       —¿Y fuiste?

       —Claro, ¿qué otra cosa podía hacer si le quiero tantísimo?

       —¿Pero no decías que le odiabas?

       —Sí. Bueno, no. Es que en realidad le sigo queriendo.

       Me dio un vuelco al corazón cuando escuché el casi «sí, pero no». No hubiera podido con ello, con lo agotada que estaba.

       —Pues si le quieres, tendrás que ir a verle. No se hable más —levanté la cadena ante sus narices.

       —La verdad es que es bonita, Neka. No es un anillo ni es de oro, pero es bonita —asomó una leve sonrisa a los labios de Jaio.

       —Claro que sí. Y el chico se ha molestado.

       Tras recogerla con las lágrimas aún deslizándose por su naricilla, me dio un beso y salió apagando la luz.

       —Neka… —asomó el flequillo por la puerta.

       —¿Quéeee?

       —Esta noche dormiré con ella y no pienso quitármela ni para mear.

       —Vale, Jaio. Y ahora, a dormir.

       Esa noche me dormí pensando en lo poderoso que es el «magnetismo animal del homo». Y cómo es capaz de trastornarnos hasta el punto de no saber ni lo que queremos. Bendito Magnetismo Animal del Homo.

       ¡Santo Dios! Pero cómo vuela el tiempo tecleando estas cosillas tan importantísimas para mí y tan esencialísimas para cuantos lleguen a leerlas, si es que llega a ocurrir tal locura. No quisiera parecer vanidosa, pero sería una pena que una humanidad, tan necesitada de sapiencias cotidianas, se llegara a perder mis letrillas. Pero así es la humanidad, nunca hace caso de las gentes traumadas. Este sino es inmutable.

       Mañana, como buenamente pueda, me levantaré pronto y teclearé unas frasecillas contundentes que seguro contentarán a mi Terape. A pesar de lo exigente que pueda ser, no pienso defraudarla más. «Confía en ti misma, Nekane», me sugiere siempre. Será por lo poco que ella confía, ¿no? Pues se va a enterar de las lentejas que dan por mil duros. ¡Terape, aún no me has conocido! ¡Bruja!

       Ay, gente… ¡Qué sueño! Chao.

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