CAPÍTULO 3. EL INSTINTO PRIMIGENIO DEL MACHO


¿Cuál creéis que es el instinto primigenio del HOMO?... Si habéis pensado en el instinto copulador es que habéis acertado. Carla siempre insiste en diferenciar entre "Instinto Reproductor" e "Instinto Copulador": —Por que lo que quieren los homos —asevera siempre de forma incontestable Carla —es copular... lo de reproducirse "se la pela" totalmente.


  • Fecha: 24/04/2017 00:00

Descripción

CAPÍTULO 3. EL INSTINTO PRIMIGENIO DEL MACHO


A la hora del café, que no se sabe muy bien cuál es puesto que Carla, Ane y yo somos adictas totales a la infusión, Carla ha aparecido con un cabreo que ni mis traumas. Cuando viene así, Ane y yo sabemos que lo mejor es intentar por todos los medios posibles que no se arranque porque no sabe parar. Es como una cafetera que no se saca del fuego: revienta como una bomba. Ane siempre dice: «Carla…, la carga de profundidad». Porque Carla es en sí eso mismo. Siempre va cargada.

Para intentar que no se arrancara, he tomado la delantera.

—Esta mañana, en la sala de espera de los traumas, he leído un artículo que me ha jodido un poco.

Como ando perdida, no me afectan demasiado las cosas nuevas. La Terapeuta dice que, como no asimilo el pasado, no puedo tragar el presente: la tía tiene respuesta para todo.

—¿De qué iba?—me siguió instintiva la corriente Ane.

—Iba sobre el instinto primigenio del macho.

Carla, que como ya dije es infinitamente más feminista que yo, levantó las orejas y torció el morro.

—Eso me suena fatal, Neka.

—¿Y que decía? —se inclinó Ane sobre la mesa.

A Ane, la palabra «macho» invariablemente la espabila; y a Carla, también invariablemente, la enfurece. A mí, que soy de conceptos más dispersos que los de Carla, pero no tan dispersos como los de Ane, depende del día.

—Aseguraba el menda que los instintos primigenios del macho permanecen, incluso hoy en día, y pese a los convencionalismos sociales, intactos en sus genes.

—¿A qué tipo de instintos primigenios se refería el lumbreras? —se interesó Ane.

—A los de copular con todas las tías que se les pongan por delante —respondió Carla con ese tono furibundo que sabía que no llega a nada—. ¿A cuáles van a ser? ¿O es que los cavernícolas tienen otro tipo de instintos?

Después de que Ane me mirara un buen rato esperando mi confirmación, y como silenciar es otorgar, tras lanzar un suspiro profundamente apenado, dijo:

—Pobrecillos. Eso lo explica todo.

Carla, que levantó la cabeza al cielo sin dar crédito a lo que acababa de escuchar, aclaró su perspectiva:

—Son todos unos asquerosos. Unos repugnantes salidos. Unos calaveras de mierda.

Ya dije que Carla era la mayor activista feminista que conozco, lo que no niega que pudiera ser la mayor del mundo. Sobre todo desde que pilló a su ex con otra: Pantxo, un hombre que pasó de vestirse por los pies a ser un completo capullo (según Carla). Ane, que es un pedazo de pan con tetas de portada de Playboy, dice que ella no puede, que cuando «los calaveras de mierda» la miran con esos ojillos de perrillo, se enternece. Carla siempre rechista llegados a este punto, ya que los ojillos de perrillo que dice Ane son de crápula en celo para todas las demás. Carla tiene razón, sin lugar a dudas; pero Ane tiene su forma uniquísima de mirar el mundo.

Lo cierto es que es lo normal. Me refiero a la indiferencia de Ane al activismo femenino. Creo firmemente que una mujer como Ane, que logra, sin más, que todos los hombres…, bueno, que casi todos los hombres se arrastren como caracoles babosos tirándose un simple pedito, nunca podría ser feminista. Es imposible aborrecer a un corderito con ojitos. Esa es la culpa de que Ane no tenga una mínima pizca de activismo. Lo importante de este hecho entendible es que Ane es perfectamente feliz así.

—Pues algo de razón me parece a mí que tiene el artículo —continuó Ane—. La propagación de la especie a lo largo y ancho de la faz de la tierra, ya lo dijo Dios. Es algo bíblico —adujo Ane levantando sin convencimiento los hombros.

Levantar los hombros sin convencimiento siempre ha sido la forma de dialogar de Ane con Carla. Mientras que la de Carla con Ane siempre ha sido la de los resoplidos, los «por dioses» y los «contigo es imposible, Ane».

—¡Por Dios, Ane! Y que lo digas tú, la que tiene una fila de aquí a Pekín de perritos montadores, me sulfura mucho más.

Carla, debido a la ceguera que le producen sus históricas sulfuraciones, no se percata casi nunca de que las palabras que en ocasiones utiliza con Ane tienen varios significados. O sea, si dices «montadores», para Ane te estas refiriendo a esos hombres mañosos, sudorosos y con mono de trabajo que montan farolas y cosas así. Durante un tiempo intenté hacérselo entender, pero la verdad es que las sulfuraciones de Carla con Ane desde hace años no son lo que al principio de conocernos. En los inicios eran tremebundas, atronadoras, auténticas de verdad. Podían escucharse en el garito entero en que nos hallásemos, sin importar que el bar estuviera a reventar y con la música a todo trapo. Ahora las sulfuraciones de Carla ante los despropósitos de Ane son más lamentaciones que otra cosa. Una sombra de lo que fueron. Creo que las cargas de profundidad de Carla, al no hacer mella en Ane, dejaron de explotar por impotencia. Es bastante menos divertido, pero más llevadero, por lo que supongo que salgo ganando.

—¿Pero qué...? —se revolvió Ane dejando los hombros a la altura de las orejas.

—¿Pero qué...? Contigo nunca doy crédito, Ane. Esos perrillos que dices, si pudieran, te daban vuelta y vuelta. Es que…

—Yo solo digo lo que dice la Biblia —mantenía los hombros en alto Ane.

Ane, como Carla y yo, no es nada cristiana. Bueno, algo sí, como Carla y yo… Para las bodas, bautizos y esas ceremonias en las que hay que estrenar modelito.

Carla cree que las ceremonias son un negocio y una tomadura de pelo, sobre todo para las mujeres, que aprovechamos cualquier circunstancia para ir de compras.

Hace dos años, sin ir más lejos, Carla, que a práctica no la gana ni mi madre (y eso os juro que es decirlo todo), cuando le dimos la noticia de que nuestro antiguo profesor de Tai-Chi, un chinito matusaleno que parecía de chicle el tío, había muerto, dijo:

—¡Ayyy! Pobrecillo, el chiquitín… ¿Y cuándo es el funeral? Porque le tengo echado el ojo a un vestidito negro que es la mar de clásico.

Como os decía, Carla es tope práctica, lo que la vuelve también inmensamente juiciosa; menos cuando se arranca, que, como ya dije, entonces no sabe parar. Pero esto es otra cosa que ya se verá.

Al profe de Tai-Chi lo llamábamos «Chiquitín» por tres razones primordiales. La primera es que tenía un nombre chino de esos para políglotas: impronunciable para Ane y muy difícil para Carla y para mí. La segunda, que nos daba mucho palo referirnos a él como «Maestro» (ahora que llamo a Blanca «Terapeuta», por eso de la etapa impersonal que estoy sufriendo por lo perdida que ando, no tendría reparo en llamarlo «Maestro». Segurísimo). Y la tercera es que al ser tan poca cosa como era, y por no llamarlo «chinillo» u «orientalillo» (resultaba muy racista), solo nos quedaban dos opciones: «Pequeñín» o «Chiquitín». Este gran dilema fue uno de los primeros que tuvo que enfrentar nuestra cuadrilla. Os diré que hicieron falta media docena de cubatas para que nos aclarásemos sobre el peliagudo asunto. Ane, toda corazón, prefería «Pequeñín».

—Suena como más tierno… Es que me llega como más… —fueron sus, como siempre, precisas razones. Carla, toda funcionalidad, prefería «Chiquitín».

—Ane, que tiene lo menos cien años. No sé de qué ternura hablas, ¡por Dios! —Levantó la vista al techo del garito—. «Chiquitín» le va que ni pintado. Además empieza por chi…

—¿Y qué que empiece por chi? —defendió su gusto Ane.

—Pues que es chino, Ane. Chino, chi… ¿Lo pillas?

A mí, la verdad es que me resbalaban todos los chinos del mundo aquella noche. El chico que me molaba, mogollón de mogollones, se había enrollado con otra, delante de mis narices, hacía menos de una hora. Y eso es un autentiquísimo dramón… (¡Vaya!, va a resultar cierto que cuando te metes en el meollo de los clics del teclado afloran los traumas). Bueno, que la menda no estaba para Pequeñines ni Chiquitines… Pero los cubatas diré que me entraban como si nada. Cuando te parten el corazón la primera vez, todos sabemos que te desangras a toda pastilla. Y no es desconocido para nadie, igualmente, que la única forma de reponer los líquidos del alma resquebrajada es beberse hasta el agua de los geranios.

Tras dos interminables horas de discusión trascendental sobre los nombrecitos (yo ya estaba esta la coronilla o hasta el cogote como dice mi madre), Carla conoció, a su manera (que esa es otra), a Pantxo: el hombre que pasó de vestirse por los pies a ser un completo capullo. No negaré el mérito a los hombres: Pantxo fue quien inclinó la balanza, con eso de los nombres, a la postre.

Si os preguntáis cómo es que fue Pantxo quién inclinó la balanza, os aclararé que yo pasaba de dar o quitar la razón a ninguna puesto que me daba igual la discusión, y como las opiniones del sentimiento (Ane) son irreconciliables con las de la funcionalidad (Carla), ambas estaban atoradas. Ya sabéis.

La aparición de Pantxo, cuando la partida tenía todos los visos de terminar en tablas, fue una bendición para las tres. Para mí la que más, por supuesto. Creo que esa es la razón de que siempre me cayera tan bien Pantxo: me salvó en un momento en que lo necesitaba de veras. Otra cosa que me parecía acojonante de Pantxo, pero acojonante de la manera más asombrosa…, vamos que me pasmaba y todo, era su dominio sobre Carla, la estrujahomos, la aplastacavernícolas. Para la mayoría de los tíos, bueno, para todos los tíos menos para Pantxo, Carla es una «asquerosa». Una asquerosa en plan petarda, en plan aguafiestas y cortarrollos… Vamos, una amargada que siempre la jode. Supongo que cuando alguien intenta presentarse y tu respuesta es la habitual de Carla («¿Qué ostias quieres?») no se puede opinar otra cosa.

Entrada de Pantxo (o cualquier otro):

—¿Qué tal, chicas?

Respuesta de Carla:

—¿Qué ostias quieres?

Respuesta de Pantxo:

—Invitarte a tomar algo y conocerte mejor.

Respuesta de cualquier otro:

—Asquerosa.

Respuesta de Carla a cualquier otro:

—Que te la pique un pollo, subnormal.

Respuesta de Carla a Pantxo:

—Un vodkita con lima-limón me iría genial —sonrisa profidén de oreja a oreja.

Respuesta de cualquier otro a Carla:

—Tu madre, amargada. (Lo dejaré aquí)

Respuesta de Pantxo a Carla:

—Marchando un Chantilly lima-limón para este sol.

Sin miedo a equivocarme y sin exagerar nada, Carla quedó patidifusa por primera y única vez en su vida: hablo de los hombres, por supuesto. Ane lo logra cada diez minutos, claro.

Qué duda cabe de que, tras el primer Chantilly, Carla se pimpló cuatro más en un abrir y cerrar de ojos. Y que por la mañana, tras habérselo tirado cincuenta veces o más, Pantxo era «lo más». Sinceramente, si podía ser cierto que Pantxo tuviera semejantes energías, yo estaría de acuerdo. Es más, hasta «lo más» se quedaría corto (perdón por tanto más).

A Ane y a mí, nos extrañaba tanto potencial, la verdad, pero entre que teníamos diecinueve añitos y al ser Pantxo medio mexicano medio indio, pues lo mismo era cierto. Aunque siempre tuvimos nuestras dudillas. Lo que sí que dijo Ane al ver aparecer a Carla, y Ane tiene muy buen ojo con el estado de ánimo del corazón, es que estaba claro que Pantxo sabía chingar de puta madre. La verdad es que a Carla se le notaba que la habían jodido de maravilla; y varias veces, también era indiscutible.

Que lío me estoy armando. Veo que tendré que tomar notas antes de teclear: menudo contratiempo. Odio tomar notas porque después, cuando intento leerlas, nunca las entiendo. Y si las entiendo, son tan escuetas que tampoco me aclaro de casi nada. Conmigo y las notas se cumple siempre el refrán de que “Es peor el remedio que la enfermedad”.

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