CAPÍTULO 11. CUALQUIER COSA CABE DENTRO DE LA ENAJENACIÓN


¿Puede estar una en su sano juicio cuando te vuelve a llamar, para quedar, el capullo con más magnetismo animal que has conocido? ¿Puede alguna razonar mínimamente con ese magnético homo, después de que haya hecho puré con el corazón que le entregaste?


  • Fecha: 28/08/2017 14:41

Descripción

CAPÍTULO 11.

CUALQUIER COSA CABE DENTRO DE LA ENAJENACIÓN


Etapa 6 o el periodo de las argumentaciones

 

            Como ya dije unas páginas más arriba, en la «tormenta de ideas» hay que destripar de arriba abajo o abrir en canal al pobre ex. Qué duda cabe de que se producen momentos de flaqueza y lástima en favor del pobre ex, pero esta etapa es indispensable.

            Luego de milenios de reconciliaciones de parejas, tras ser abandonadas ellas por los homos, las mujeres hemos aprendido que únicamente existe una forma de que la mujer despechada supere la rabia y el rencor hacia el homo cavernícola que la enamoró (y del que sigue estándolo a su pesar). ¿Y cuál es el método único y fidedigno que logra tal proeza? Aguijonearla hasta que salga en su defensa y reconozca que aún bebe los vientos por el asqueroso cavernícola.

            —Antes de seguir, Carla, hay que hacer caso a la cabeza también. Qué tú siempre te quejas de que las mujeres somos más gilis que los homos.

            —Neka tiene razón —añade Ane—. Hay mil cosas que no hay que perder de vista. Aún me acuerdo de cómo te pusiste cuando te lo encontraste con aquella mala pécora. Fuiste una zombi durante más de tres meses.

            —Es que éramos unos críos hace dos años —dice, como si hubieran pasado dos décadas.

            —Pero reconocerás que se portó como un cabrón.

            —Eso sí. Fue un cabrón, aunque yo también me lo tomé fatal de los fatales, chicas. Además, lo que ocurrió, se refería a los cuernos, fue en una despedida de solteros, y Pantxo, como bien sabéis, nunca se llegó a acostumbrar a las bebidas españolas.

            —Mi terape diría que esa excusa es otra «m».

            —Pero es que es verdad, chicas. Vosotras sabéis perfectamente que cuando sacas a Pantxo de su tequila se pierde. Los mexicanos no toleran bebidas distintas de su tequila.

            —Y lo de que era un adefesio enano… —la instiga Ane con propiedad.

            —Guapo no es, pero con eso de que es medio indio, tiene su puntito. A mí ya hasta me parecía guapo —contradice Carla como puede el alegato de Ane.

            —Pero lo de la altura siempre dijiste que era un problema. Que ir siempre con calzado plano era para tirarse de los pelos —insiste Ane.

            —Me joderá mucho si algún día nos llegáramos a casar, chicas. Pero es tan imposible ahora mismo que tampoco veo inconveniente.

            —¿Pero no dijiste que era demasiado tranquilo? ¿Que el nombre le iba que ni pintado? —argumento yo con otra andanada de truenos.

            —Claro, pero eso no tiene solución. Es medio mexicano, chicas. Pero eso ahora hasta me parece bien. Ya sabéis lo histérica y totalitaria que puedo llegar a ser; y Pantxo eso lo llevaba como si nada. Es más, cuando estábamos juntos, siempre me decía que conmigo y mis neuras lo mantenía como más espabilado. Aseguraba que yo era la única persona del mundo capaz de cargar sus pilas.

            «La única persona del mundo capaz de cargar sus pilas»: algo irresistible para Carla, la verdad.

            En eso tenía más razón que un santo. Carla era un volcán en constante erupción mientras que Pantxo era el océano Pacífico entero. Y para ser sincera, este hecho incontestable traía muchos más beneficios a Carla que a Pantxo.

            —¿Y qué hay de la diferencia de edad? Acuérdate de que es diez años mayor que tú —siguió la intrépida Ane, que estaba absortísima en la labor de histerizar a Carla.

            —Diez años no son un mundo, Ane. Parece mentira que lo digas tú, que te van los tíos mayores —comenzaba ya a ofuscarse.

            —Pero eras tú la que siempre ponía pegas por la diferenc…

            —¡Ane! ¡Neka!.. ¡O me apoyáis en esto o no! Si os parece que no debo verle, pues lo decís y tan contentas las tres. Pantxo es como es. En ocasiones un capullo como cualquier homo, claro. Lo reconozco, que soy la que mejor lo conoce de las tres. Pero, a ver, ¿acaso conocéis a alguno que no lo sea? Porque si es así, habría que ponerlo en la Exposición Universal de Biodiversidad.

            Ane y yo nos miramos diciéndonos: «asunto resuelto».

            —¡Sois de lo peor, chicas! —se partió de risa Carla al ver nuestras traviesas sonrisillas y comprobar que había caído en las redes de las argumentaciones.

            —¡Carla!

            —¿Quée…?

            —Creo que aún se te derriten las braguitas por Pantxo.

            —No esperarás que responda a eso, marrana…

            —Neka, ¿a que también te encantaría que Carla reconociera que es así de gili?

            —¡Ja! Tías, antes se apaga el infierno.

            La cara y los ojos y la sonrisa de Carla eran pura poesía, y con eso nos bastaba a todas. Había llegado el momento de la última Etapa, aunque con una última negación por medio. «La negación del canguelo».

 

Etapa 7 o la negación del canguelo

 

            Esta penúltima etapa es un visto y no visto. El terremoto se ha producido y ya no se puede detener el movimiento de tierras.

            —¿De verdad que está pasando esto, chicas? —da los últimos coletazos Carla.

            —De verdad —corrobora lo irremediable Ane.

            —¿Pero estáis seguras, chicas? —solicita confirmación Carla de lo que hace un rato era inaudito que ocurriera.

            —Si es que estás podrida de enamoramiento por el capullo, Carla —asegura Ane la imposibilidad de cualquier otro camino.

            —¿Pero no tenéis dudas, chicas?

            Se está derritiendo como un helado en Málaga en pleno agosto.

            —Apestas a un kilómetro. Pantxo te tiene sorbidos los sesos, todavía —concluye rotunda Ane.

            —¿Y ahora qué hago, chicas?

            Ane, que sabe siempre lo que hay que decir en los momentos en que nadie está seguro, suelta:

             —Ponerte tan guapa que le quites el hipo. O sea, lo más de lo más, y tirarte a la pila.

 

Etapa 8 o análisis al microscopio

 

           Cuando la decisión, imposible de tomar, es salvada en la etapa 6, llegan los mares insondables de dudas. «¿Me estaré volviendo turulata?» es la frase que lo resume todo.

            Para contrarrestar las incertidumbres que se te cogen al pecho como mejillones, se realiza el análisis más exhaustivo posible de la última conversación. Este análisis es sencillo ya que cuando un ex te vuelve a llamar, después de dos años, su voz acapara todo el mundo que te rodea, quedando cada una de las sílabas perfectamente esculpidas en tu cerebro. Vamos, que una puede llegar a recordar, tras colgar, hasta la duración de los silencios con una precisión suiza.

             —¿Me estaré volviendo turulata, chicas?

             —Claro que no, Carla.

             No descubro ningún secreto del más allá al deciros que en el fondo, mientras soltamos el «claro que no, Carla» más natural de la historia, sabemos que, cuando a una le pasan estas cosas, no es ella misma ni de lejos. Porque, sinceramente, ¿puede estar una en su sano juicio cuando te vuelve a llamar, para quedar, el capullo con más magnetismo animal que has conocido? ¿Puede alguna razonar mínimamente con ese magnético homo (vamos, que le sale el magnetismo hasta por las orejas), después de que haya hecho puré con el corazón que le entregaste? Pues no, la verdad.

             Pero para eso estamos las amigas, para guiar a nuestras turulatas compañeras cuando pierden el juicio. Porque, ¿qué ocurriría si no fuera por nosotras? Pensad que cualquier cosa cabe dentro de la enajenación. Por ejemplo: aparecer con cara de lobotomizada, con la baba colgando hasta los pies.

            Me pregunto cuántas habrá habido en el transcurrir de los milenios, empezando por la mismísima reina de Egipto, Cleopatra. Que debía de ser parecidísima a Penélope Cruz, que se ha tirado a la mitad de los tiazos de Hollywood para terminar con el Bardem después de la pera de años. Eso, impepinablemente, solo lo logra el Magnetismo Animal del Homo. Fijaos hasta donde se remontan las chifladuras que nos dan, y casi sin pensar. Uf, me temo que han existido millonadas de chifladas: más que estrellas tiene el cielo.

           —Entonces, chicas, ¿esto va totalmente en serio?

           —Total —afirma Ane con ojillos emocionados.

           A Carla, que como dije es una Aquilesa, hubo que traerle también un vaso de agua porque, como a tantísimas chifladas antes que ella, se le atragantaba el aire en el gaznate.

           La verdad es que la atracción del magnetismo del homo no la tiene un agujero negro por mucho que pueda tragarse galaxias enteras.

           —¿Y si estoy imaginándome lo que no es? —se cuestiona asustada Carla porque la proximidad del imposible evento acongoja.

           Esa es la preocupación primera que las amigas siempre tenemos en estos casos. Las ganas son tan gigantescas, la atracción, más que galáctica, tan incontenible, que cabe, dentro de lo posible, que Carla hubiera imaginado oír lo que Pantxo no había dicho. El estado de shock es el estado de shock, porque se parece a los sueños como una gota de agua a otra.

           —Carla, ahora vas a repetirnos, palabra por palabra, lo que Pantxo te ha dicho hace media hora —propuse tomando sus dos manos entre las mías—. Es vital. Tú no estabas en condiciones de entender lo que te decía.

           —¿Tú crees?

           —¡Por supuestísimo! Estabas en shock.

            Carla abatió un momento la mirada en síntoma de aceptación antes de continuar.

            —Gracias, chicas. A saber qué hubiera hecho sin vosotras. Lo mismo voy, me tiro a sus brazos y hago el ridi.

            Acaba de asomar la cabeza mi hermana por la puerta con otro poema dibujado en su cara. Os dejo, Jaio parece estar apenadísima.

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