CAPÍTULO 1. LA CAIDAAAAAA


Carla siempre nos lo dice: - Todo, absolutamente todo es culpa del "HOMO". - Es que... - intenta rebatir Ane. - En esto, no hay excepciones, Ane.


  • Fecha: 30/03/2017 20:00
  • Ubicación: EN LO PROFUNDO DEL POZO

Descripción

1

LA CAIDA


—¡Cásate conmigo, amor!

            Creí que me daba. Encima A M O R y en domingo por la tarde. ¿Pero quién se declara en domingo por la tarde? Casi, pero que casi me da. No sabría decir el qué, pero me pasó cerca y me acojoné. Por Dios…, qué vuelco al corazón, ni cuando me tiraron del puente aquel fin de semana de puenting.

            —No has bebido casi nada, Neka. La primera vez que se hace esto, hay que ir cubata total, chica —me dijo el instructor que finalmente me empujó del culo al vacío.

            Me cabreó mucho que lo hiciera por el culo. No es que estuviera mal Txema, hasta casi me lo tiro esa misma noche. Pero me saca de mis casillas que se aprovechen de las chicas débiles e indefensas. Y yo, agarrada a la barandilla, con los ojos medio fuera, estaba hecha un flan. Es mi vena de Juana de Arco o mi vena boba, como dice mi madre. Ella cree, mi madre, que todas las mujeres son unas arpías y que los hombres son aún peor.

            —Si las mujeres son malas, los hombres lo son mucho más hija —me adoctrina mi madre a base de repeticiones.

            Así que ya lo sabéis: hay que ir cada una a lo suyo, chicas.

Volviendo al puenting, ahora, visto con la perspectiva del tiempo, creo que Txema sabía lo que hacía cuando palmeó mis glúteos. Para eso era un instructor cojonudísimo, según todos aquellos borrachuzos hippiosos que organizaban la aventura de marras. Durante la caída, mientras el agua del río se me venía encima, en lugar de pensar «estoy muerta, me voy a estampar contra un desdichado lucio, que pensará mientras ve acercarse mi sombra: "¿quién es esta puta chiflada?"», solo me venían a la cabeza las manazas del cerdo de Txema. Porque durante aquel viaje vertiginoso hacia el pobre lucio, Txema era el mayor cerdo que me había sobado el trasero; y eso que algún gorrino había habido, seré sincera (al fin y al cabo esto lo escribo para mí, porque la terapeuta me lo ha recomendado y lo que es más importante, nunca dejaré que mi madre lo lea; pero continúo, que se me va la chaveta).

Tras el primer rebote a contra gravedad, y mientras me despedía del lucio disparada hacia el puente, grité «¡cavernícolaaaaa!», al tiempo que suplicaba llegar hasta el cerdo de Txema para darle un estupendo hostiazo, pues lo veía aproximarse asomado al puente. Mis súplicas no fueron atendidas, pero así nació el grito de guerra de nuestra troupe de noctívagas, porque salir de fiesta con las tetazas de Ane bien apretujadas por los corpiños de Carla es coser y cantar. Vamos, que si no ligamos es porque…, porque…, vamos, que ligamos fijísimo.

Aunque a Carla y a mí nos dé un poquillo de envidia que sea Ane la que atraiga a los cavernícolas, hay que reconocer que sin ella nuestros vestidores no serían una centésima parte de lo que son, y eso lo compensa todo. La ropa es algo fundamental y esto es indiscutible, salvo que seas una pava, una feminista de libro o un cavernícola, claro. Y que conste que yo soy bastante feminista, o sea, que pienso de veras que los hombres tienen las neuronas en los huevos. Y Carla ni te digo. Para que os hagáis una idea, para Carla casi todos los cavernícolas son unos pulgosos; solo se salvan sus hermanos, sus primos —a excepción de Mateo, ya os contaré— y su ex porque aún está pirriadísima por él, aunque no lo reconocería ni muerta.

            Como nunca me había dado un mareíllo de vértigo (ni cuando nos subimos las tres al Dragon Khan y a mis amigas tuvieron que sacarlas con los ojos en blanco y la baba por los sobacos), iba confiadísima a aquella aventura del puenting: mis tripas lo aguantan todo, pensaba yo hace un par de años.

            —Si es que siempre has sido una indolente —me dijo Ane tras despertar del Dragón Khan, cuando sus pupilas se volvieron a dibujar en los huevos cocidos que habían ocupado sus cuencas.

            —Sácate las babas, Ane, que los hombres estos van a pensar que eres retrasada —respondí.

            Ane siempre ha tenido las tetas que más flipan a los homos cavernícolas, como ella los define. A mí no me gustan las generalidades. Pones a parir tanto a quienes se lo merecen como a quienes no, y viceversa. Aunque, en el caso de los cavernícolas, puedo hacer una excepción en la generalidad.

Como decía, cuando a Ane le da por escotarse, que es siempre, excepto aquel fin de semana sin éxito en el que se propuso interesar a los «homos» sin mostrar pechugas, pasan cosas. Vamos, que noctambular con Ane, además de ser unas risas, es una verbena de feria.

Carla siempre dice que los globos de Ane son lo mejor de la pandilla, por lo que cada navidad, la muy puñetera, le regala un corpiño a cada cual más arrebatador.

—Para el cotillón de Noche Vieja, que habrá muchísima competencia, Ane.

—Eres una bruja interesada. Cabrona—responde mientras explotamos las tres en risas.

            —¡Por los cavernícolas! —levantamos las copas mientras Ane agita sus irresistibles tentaciones.

            Hay otra cosa que es indiscutible y que infinidad de veces ha sido contrastada en nuestras correrías: las tetas de Ane provocan las ocurrencias más increíbles en los homos.

            Mi madre habría dado palmas con las orejas si hubiera estado presente en el momento en que se me declaró Gorka. Gorka es «pluscuamperfecto» para mamá. Ella siempre dice, aunque no venga a cuento —aunque para ella siempre viene a cuento—, lo buen mozo, lo bien guapo y lo excelente médico que es y que más suerte que la mía no se puede tener. Porque, para una madre amantísima como la que me ha tocado, un médico es una especie de Superman, pero mejor.

            —¡Pero si no vuela, mamá! Y además solo es residente…

            Intento bromear sobre el asunto. Pero mi madre, que lo único que conoce de los hombres es al gandul de mi padre, y con respecto a lo de residente nada sabe, pues no lo pilla.

            —Pero su soltería volará como tú no te des prisa, hija… —me recrimina ella convencida de lo boba que soy.

            Lo que es indubitable es que mi madre se convirtió en la más fervorosa sirvienta de Gorka la primera vez que lo vio con la bata blanca de residente. Fue la noche que celebramos su graduación en casa.

—Pero qué porte, qué elegancia, qué planta de caballero, hija —dijo entrando en la cocina mientras me ocupaba de descorchar una botella de vino.

—¿Pero qué dices ahora, mamá?

—Que no se puede tener mejor planta con una bata blanca, hija mía.

—¡Por Dios! Ni que fuera un Armani, mamá.

Creo que esa bata blanca es para mamá lo que la capa roja de Superman pueda ser para mí.

Pero como me voy por las ramas, retomo, que la terapeuta me dice que al grano, que pensamientos claros y concisos, que me voy siempre por peteneras y no puede ser.

            —¡Cásate conmigo, amor! —soltó Gorka como un jarro de agua fría hace tres domingos.

             Creí que me daba. No sabría decir el qué, pero me pasó cerca y me acojoné. Por Dios…, qué vuelco, ni cuando me tiraron del puente aquel fin de semana de puenting. Hummmm… No me vienen los pensamientos claros… A ver… Hummm… En blanco, cual tabla. Hummm… Lo dejo para mañana, terapeuta: ahora eso de la lucidez lo tengo apagado. Hasta mañana o así.

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